por Paulina Maza
Fotos Jorge Osuna
Así tenía que llamarse esta crónica. Porque a veces una sola imagen resume toda una época: una memoria USB conectada, una pista corriendo y un escenario lleno de luces intentando sostener lo que antes dependía, principalmente, de la voz.
Esa nueva generación de artistas nacidos en redes sociales, hoy domina buena parte del entretenimiento y Kenia Os es uno de los ejemplos más claros de cómo lo digital ha dejado de ser solo un escaparate para convertirse en una fábrica de ídolos. Con estrategia de mercadotecnia, producción de alto nivel y millones de seguidores, un artista puede consolidarse en tiempo récord.
Un Estadio Teodoro Mariscal, con un 85% de su capacidad con zonas que tuvieron qte eliminarse del mapa, la cantante presentó la gira Con K de Karma. Un espectáculo de aproximadamente una hora con cuarenta minutos, envuelto en una producción multimedia de primer nivel. Pantallas, visuales, iluminación, coreografías y toda la parafernalia que podría acompañar a cualquier artista internacional.
El concepto gira en torno al “karma”: ese retorno inevitable de lo que se hace, para bien o para mal. El escorpión, símbolo recurrente durante el show acompaña este viaje visual y musical, reforzando la narrativa de una artista que busca darle identidad a su propuesta más allá de la música.
Niños, adolescentes y familias completas llenaron el recinto. Las “Keninis”, coreaban cada canción incluso las más recientes, como si fueran himnos de toda la vida. Playeras, disfraces y rostros iluminados confirmaban que más allá de cualquier crítica, la conexión emocional está completamente lograda.
El show arranca con un intro potente. Aparece Kenia entre bailarines, efectos visuales y una energía que desata gritos inmediatos. El estadio vibra. Sin embargo, para quienes vienen de la llamada “vieja guardia”, hay elementos que no pasan desapercibidos: en el escenario no hay músicos, no hay banda en vivo, no hay coristas, no hay instrumentos.
Pistas pregrabadas y una estructura coreográfica que sostiene el espectáculo. La interacción entre bailarines y artista compensa, en gran medida, la ausencia musical tradicional. Las visuales, bien ejecutadas, construyen una experiencia envolvente que mantiene al público dentro del show.
El uso constante de playback se vuelve evidente. Hay titubeos con el micrófono, momentos en los que la voz no se escucha cuando Kenia habla por que está apagado. Es aquí donde surge la pregunta incómoda: ¿estamos frente a un concierto o frente a un espectáculo visual con música de una usb?
La exigencia física también juega un papel importante. Mantener un show de esta magnitud durante más de una hora requiere resistencia, preparación y dominio escénico. Y aunque el equipo de bailarines respalda constantemente a la artista, hay momentos en los que el desgaste es visible, y aun así, el público no reclama.
Porque este tipo de conciertos no se vive desde la técnica, sino desde la emoción. Se va a cantar, a bailar, a gritar, a sentirse parte de algo, en eso, Kenia Os cumple.
Esta nueva generación de artistas está transformando la industria, pero también está desplazando elementos fundamentales: la interpretación en vivo, la presencia de músicos, la armonía de un coro. La memoria USB, esa pequeña pieza tecnológica termina teniendo más protagonismo que una banda completa.
Y eso, más allá del espectáculo, dice mucho del momento cultural que estamos viviendo.
